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Autores
Mexicanos:
Agustin Lara
Alberto Askenazi
Alfonso Esparza Oteo
Armando Manzanero
Felipe Villanueva
Gabriel Ruiz Galindo
Manuel M. Ponce
María Grever
Mario Ruiz Armengol
Miguel Lerdo
Ricardo Castro
Otros
países:
Estados
Unidos:
George Gershwin
Cuba:
Ernesto Lecuona
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En un país que,
hasta el final de la Primera Guerra Mundial, había dependido en
el ámbito musical casi exclusivamente de modas, compositores e
intérpretes llegados de Europa, George Gershwin fue el primero
en hacer oír una voz inequívocamente autóctona, aunque capaz, al
mismo tiempo, de conquistar el éxito fuera de las fronteras de
su patria. Y lo hizo a través de unas obras en que hábilmente se
sintetizaban elementos procedentes del jazz y de la tradición
clásica, y que le permitieron destacar por igual en campos tan
dispares como el de la música sinfónica y la popular.
Hijo de una familia de inmigrantes rusos de origen judío, su
talento para la música se manifestó a temprana edad, cuando,
mediante un voluntarioso aprendizaje autodidacto, aprendió a
tocar el piano de oído. Ante su entusiasmo, su padre decidió
hacerle estudiar en serio con un profesor, Charles Hambitzer,
quien le descubrió el mundo sonoro de compositores como Liszt,
Chopin o Debussy. Sin embargo, los grandes referentes de
Gershwin en aquellos primeros años fueron Irving Berlin y Jerome
Kern, los reyes de Broadway de la época gracias a sus canciones
y sus comedias musicales. El deseo de triunfar como compositor
en las salas de concierto, aunque latente entonces, no tomaría
forma hasta años más tarde.
Así, abandonó en 1914 sus estudios para trabajar en unos
almacenes de música en los que, sentado al piano, presentaba al
público las melodías de moda. Pronto se animó él mismo a
componer sus primeras canciones, algunas de las cuales
consiguieron cierta popularidad y, sobre todo, le valieron la
oportunidad de escribir su primer musical para Broadway, La, la,
Lucille. Su inmediato éxito significó el verdadero comienzo de
su carrera como compositor. A éste siguieron otros títulos como
Lady Be Good, Oh Kay!, Funny Face, Girl Crazy y Of Thee I Sing,
que contribuyeron a cimentar su fama y a convertirlo en un
personaje aún más popular que sus admirados Kern y Berlín. A
partir de la década de 1920, inició también la composición de
otros trabajos destinados a las salas de concierto. Fecha
señalada en este sentido fue la del 12 de febrero de 1924,
cuando estrenó en el Aeolian Hall de Nueva York su Rhapsody in
Blue, una pieza para piano y orquesta en la que de manera
original se sintetizaban algunos elementos del jazz, como la
síncopa, con otros de procedencia clásica. La obra fue polémica,
sobre todo a causa de esa misma mezcla de estilos «serio» y
«ligero» que constituye su esencia, pero en poco tiempo
consiguió hacerse con un puesto en el repertorio de los mejores
solistas y las más destacadas orquestas. El éxito no hizo
olvidar a Gershwin sus numerosas lagunas técnicas, por lo que
prosiguió sus estudios musicales con la intención de enriquecer
su estilo y abordar metas más ambiciosas.
En 1925 llegó otra composición concertante, el Concierto para
piano en fa, a la que siguió tres años más tarde la pieza
sinfónica Un americano en París. La culminación de su carrera
como compositor llegó en 1935 con la ópera Porgy and Bess,
convincente retrato de la vida de una comunidad negra en el sur
de Estados Unidos, en la que el autor, fiel a su estilo,
sintetizó las dos tradiciones que conocía: la estadounidense,
representada por el jazz y el espiritual, y la sinfónica
europea. A pesar de algunas dificultades iniciales, Porgy and
Bess se impuso rápidamente en los escenarios de todo el mundo,
hasta el punto de que hoy es la ópera estadounidense por
antonomasia. Gershwin, sin embargo, no pudo disfrutar durante
mucho tiempo de su éxito: un tumor cerebral truncó
prematuramente su vida, privando a la música estadounidense de
uno de sus compositores más representativos y universales.
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